Hispánica “Diócesis Ortodoxa isidoriana” es una experiencia de fe y vida cristiana que recibe la luz del Oriente. Nuestro contexto es ecuménico y trata que las personas conozcan a Jesucristo y reciban el poder salvador del Evangelio.
Nuestra fe se basa en las Sagradas Escrituras, en la tradición de los santos Padres y en las declaraciones de los siete primeros Concilios Ecuménicos de del primer Milenio de
que nosotros proclamamos, no es un lugar ni una fuente de discordia con otras opciones. Respetamos con espíritu fraterno y de tolerancia expresiones distintas que nos enriquecen.
Confesamos que Dios el Padre es la fuente de amor infinito, de quien procede el Espíritu Santo, engendró al Hijo, el cual se humanó para nuestra salvación y rescate, siendo, los que creen en El, hijos e hijas adoptivos por gracia. “Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos e hijas de Dios” (Rom. 8-14).
Celebramos los Siete Sacramentos para bien del pueblo de Dios, teniendo en cuenta que Cristo hizo del extraño un prójimo y del extranjero un hermano, por lo que intentamos que , se traduzca en compromisos concretos a favor del prójimo. Del diálogo, de la acogida, de , de la justicia. Desde nuestra pequeñez caminamos junto a todos los hermanos y hermanas que apuestan por el Reino de Dios, pidiendo la protección de nuestra Santa Madre, la bienaventurada Virgen María.
Actualmente estamos en los comienzos de la obra en España y en las Américas, pero las personas que deseen saber más acerca de pueden dirigirse a las siguientes direcciones para recibir información:
Parroquia de S. Serafín de Sarov: c/. Dr. Relimpio 2, 41003 Sevilla
Oratorio de Santa Helena: c/. Teodosio 73 - 41002 SEVILLA
Tel. 660 671511
Misión Theotokos - Barriada de San Valentín – Bloq. 18, 2º D
11408 JEREZ DE (Cádiz)
Tel. 660 202614
Puede consultar en nuestra web: http://orientalhispana.comuf.com
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HERMANDAD ORTODOXA DE SAN SERAFÍN DE SAROV
«El monaquismo, sacramento de amor» -
Vladyka +Kallistos Ware
Traducción del francés del Dr. Martín E. Peñalva.
“Buscad primero el reino de Dios…” (Mt 6, 33)
Los ángeles son luz para los monjes, y la vida monástica,
luz para todos los hombres (San Juan Clímaco)
“La vida viene de nuestro prójimo, como la muerte viene de nuestro prójimo”, declara san Antonio el Grande (251-356) (1). “¿Quien no sabe, escribe Basilio el Grande (330-379), que el hombre es un animal social y doméstico, y no solitario y salvaje? Pues nada es más característico de nuestra naturaleza que comunicarnos los unos con los otros y amar nuestra propia especie” (2). Y san Juan Clímaco (s. VII) menciona esto como marca del verdadero monje: “Llora por los pecados de cada uno de sus hermanos, y se regocija de su progreso” (3). Aquí, en la boca de tres de los más grandes maestros de la vida monástica del Oriente cristiano, encontramos una clara insistencia sobre la necesidad del amor mutuo. Los tres afirman que, en tanto que personas humanas, somos esencialmente miembros los unos de otros. Creado a la imagen del Dios Trinitario, el hombre no llega a ser verdaderamente una persona mas que por su relación con los otros, haciendo suyas las alegrías y los dolores de los otros, viendo por sus ojos y sintiendo los sentimientos de sus corazones. Y esto es tan verdadero para el monje o monja que para el cristiano casado.
El retiro monástico no significa de ningún modo una abdicación de la responsabilidad por el mundo exterior. Aunque aparentemente negativo, la renuncia monástica es en realidad supremamente positiva: el monje niega a fin de afirmar. No menos que la madre o el padre de familia, no menos que el artesano, el doctor o el trabajador social, el monje procura contribuir a la transfiguración del mundo. La vida monástica, al igual que el matrimonio, es según la expresión de Paul Evdokimov, “un sacramento de amor”
Esto es claro conforme a la definición del monaquismo dada por san Basilio: lo llama simplemente “la vida según el Evangelio” (4). El monje o la monja no es nada más que un cristiano auténtico, alguien que toma el Evangelio al pie de la letra, que es absolutamente inflexible en su fidelidad a es pura coincidencia si el rito de la profesión monástica es estrechamente paralelo al oficio del bautismo. Los votos monásticos son una renovación de los votos de bautismo. El verdadero monje es aquel que vive plenamente la muerte y la resurrección ha experimentado cuando la iniciación bautismal. Sean monjes o casados, todos los bautizados responden al mismo llamado del Evangelio. Las condiciones externas de su respuesta pueden variar, mas el camino, en lo esencial, es uno. Y si el monaquismo es ”la vida según el Evangelio”, entonces, es una vida de amor. Es el cumplimiento de los dos grandes mandamientos evangélicos de amar al Señor nuestro Dios y de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Mt. 2, 37-39).
Antonio y Pacomio, testigos del amor
…Si consideramos el modo en el cual san Antonio, el Padre de los ermitaños, y san Pacomio (286-346), fundador del primer monasterio cenobítico, han entendido el llamado de Dios y lo han respondido, en los dos casos vemos muy claramente este tema fundamental del amor por Dios y por el prójimo. A la edad de dieciocho o veinte años, Antonio escuchaba un domingo la lectura del Evangelio: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres… luego ven y sígueme (Mt. 19, 21). Estas palabras cambiaron su vida. Él las entendió como si ellas hubieran sido pronunciadas por primera vez, personalmente, para él solo. Siguió exactamente el mandamiento de Cristo, distribuyendo todo lo que tenía, consagrándose a una vida de ascetismo y de oración, retirándose gradualmente cada vez más lejos en la soledad del desierto, a fin de estar solo con Dios (5). Si quieres ser perfecto: su sed de perfección, su amor por Dios, eran tan irresistibles, absolutas y sin compromisos, que renunció a todo el resto por amor a Dios.
Pacomio tenía también aproximadamente veinte años cuando oyó el llamado de Dios por primera vez. Por esa época era aún pagano. Llamado bajo reclutamiento, fue llevado con otros reclutas para remontar el Nilo hasta Alejandría. Probablemente para impedirles huir, fueron todos encerrados por la noche en la prisión del sitio. Luego del anochecer los cristianos del lugar se acercaron a ellos con comida y bebida. Pacomio preguntó quienes podían ser estos visitantes inesperados: era la primera vez que oía el nombre de “cristianos”. Impresionado por su compasión práctica, decidió sin demora volverse él mismo cristiano, a partir de lo cual sería liberado del servicio militar. Esa misma noche, dirigió a Dios esta oración: “¡Oh Dios!, si me liberas de mis aflicciones actuales, obedeceré tu voluntad todos los días de mi vida; y amando a todos los hombres, los serviré según tu mandato” (6). Cumplió su promesa. Liberado del ejército algunos meses más tarde, recibió el bautismo y abrazó al mismo tiempo la vida ascética : su conversión al cristianismo fue simultáneamente una conversión a la vía monástica. Amando a todos los hombres, los serviré: fiel al ideal del amor compasivo que su primer contacto con los cristianos le había revelado, no escogió ser ermitaño como Antonio, sino fundó una comunidad en la cual él mismo y sus hermanos monjes podrían expresar su amor mutuo por una vida compartida y de actos cotidianos de servicio recíproco. Así, por este espíritu de amor mutuo el monasterio debía ser una imagen de la primera comunidad apostólica de Jerusalén donde los cristianos ponían todas las cosas en común (Hch. 2, 42).
Paternidad, hospitalidad, oración
Así, en la vocación recibida por estos dos pioneros del monaquismo, la dominante es el amor, amor por Dios, amor por el prójimo. Sin embargo, ciertas dificultades subsisten. ¿Su amor no era demasiado limitado? Cuando, en su deseo de perfección, Antonio huyó al desierto, desligándose de todo sus semejantes, ¿no había algún egoísmo en un acto tal? Y cuando Pacomio procuraba servir a la humanidad respondiendo a las necesidades de sus hermanos monjes, ¿el círculo de su amor no estaba demasiado restringido? ¿Y el mundo exterior?
En cada caso, hay una respuesta. El retiro de Antonio no dura toda su vida. Luego de aproximadamente treinta años de soledad y de silencio, comenzó a aceptar discípulos y a recibir visitantes. Durante los cincuenta últimos años de su muy larga vida, un flujo creciente sin cesar de monjes y de laicos emprendió el viaje arduo hacia su ermita en el desierto. Según la expresión de san Atanasio, biógrafo de Antonio, “se volvió el médico de todo Egipto” (7); hasta el emperador le escribió (8). Miles y miles se acercaron a él con esta petición: “Dinos una palabra, padre. ¿Cómo podemos ser salvados?” y no partían con las manos vacías. En virtud de sus numerosos años pasados en la oración solitaria, su respuesta venía “como una palabra salida del silencio” y, a pesar de su brevedad, se revelaba como palabra de poder y curación. Curaba a otros no solamente por su consejo sino por su presencia misma. Se cuenta por ejemplo la historia de tres monjes que hacían juntos una visita anual a san Antonio. Dos de entre ellos llegaban cada año con numerosas preguntas, mas el tercero permanecía siempre silencioso y no preguntaba nada. Luego de muchas visitas semejantes, Antonio se dio vuelta hacia el tercero y le dijo: “Escucha: tú has venido aquí tantas veces, y sin embargo no me preguntas jamás nada”. “Padre”, replicó el otro, “me basta mirarte” (9).
Tal era el modo en que san Antonio el ermitaño expresaba su amor por un ministerio pastoral directo. Él es el prototipo de una figura que reaparece sin cesar en la historia del monaquismo oriental: “el anciano” carismático, el guía espiritual, llamado geronta por los griegos y staretz por los eslavos. Es allí, en su ministerio de paternidad espiritual, que encontramos la diakonía fundamental del monaquismo para con la sociedad, su contribución visible más significativa a la transfiguración de la vida humana. En la vida de muchos otros santos monjes en el curso de los siglos –Benito en Italia, Sabas en Palestina, Sergio de Radonez y Serafín de Sarov en Rusia-, se discierne precisamente el mismo movimiento que en la vida de Antonio: una huida en vista a un retorno. El monje comienza por retirarse en la soledad, pero, más tarde, abre su puerta al mundo del que ha huido antaño. Dicho ministerio de paternidad espiritual permanece tan importante hoy como lo fue en el pasado. Esto es completamente evidente en la actual renovación de la vida monástica en el monte Athos.
En la tradición de san Pacomio, los monjes sirven a la sociedad de modo igualmente directo. Desde el comienzo, los monasterios cenobíticos han considerado siempre la hospitalidad como formando parte de su vida cotidiana. Recuerdo al Padre Gabriel, superior del monasterio de Dionysiou en el monte Athos, que me decía cuánto los monjes se habían equivocado al quejarse del gran número de visitantes. Los huéspedes, decía, no son una carga sino un privilegio. Añadía que, en su monasterio, los ingresos, cualquiera que ellos sean, estaban divididos en tres partes: un tercio para el mantenimiento de las antiguas edificaciones, un tercio para la comida y la vestimenta de los monjes, y un tercio para las necesidades de los visitantes.
Así, el círculo del amor monástico no es cerrado jamás, ya que hay siempre sitio en el interior para el extranjero y el proscrito. En la medida que lo habéis hecho a uno de estos más pequeños de mis hermanos, es a mi que me lo habéis hecho (Mt. 25, 40): el huésped, según la palabra de san Benito, debe ser recibido “como Cristo mismo” (10). “Cuando recibimos a los visitantes”, declara abba Apolo en Las sentencias de los Padres del desierto, “deberíamos prosternarnos delante de ellos, ya que no es delante de ellos que nos prosternamos, sino delante de Dios. Como se dijo: ‘El que ha visto a su hermano, ha visto a su Dios’. Aprendemos eso por la historia de Abrahán” (11). Incluso las comunidades que no tienen en sus recintos un staretz carismático pueden sin embargo curar y guiar a los otros albergándolos por un tiempo en la vida de la familia monástica. Esposos y esposas pueden retornar a su hogar y a su trabajo con una nueva esperanza, una nueva unidad interior, porque han tomado parte, durante algunos días o incluso algunas horas, tras ordenada oración y trabajo manual que constituye el programa monástico cotidiano. El tiempo encuentra su sentido cuando es acentuado por el repique de las campanas y el sonido del simandrion. Es toda la comunidad la que procede como staretz. Así, cada monasterio actúa como levadura en toda la sociedad, formando un oasis de fraternidad apostólica en un mundo donde el aislamiento y la hostilidad van creciendo.
Mas nuestra respuesta es aún incompleta. En cada generación, de hecho, muy pocos monjes se vuelven startzi: ¿eso significa que los otros solitarios no han servido al mundo? Cada monasterio no puede albergar más que un número de huéspedes limitado. ¿Eso quiere decir que no ofrece ninguna ayuda al resto de la humanidad? Por significativos que sean los ministerios de paternidad espiritual y de hospitalidad, no hemos aún mencionado la manera fundamental en que el monje ayuda a transfigurar y el mundo. ¿Cuál es?
Hemos hablado de la paternidad espiritual como del más importante servicio exterior del monaquismo al mundo; mas hay un servicio interior aún más importante. En uno de los más antiguos textos monásticos, se cuenta la historia de un joven monje que va a su padre espiritual en estado de sombrío desaliento. “Padre, ¿qué debo hacer?, pregunta, pues mis pensamientos me oprimen y me dicen: No haces ningún progreso; parte de aquí”.El anciano respondió: “Dí a tus pensamientos: Por el amor de Cristo, cuido los muros” (12). Cuido los muros: los monjes son como los centinelas sobre las murallas, protegiendo a los otros miembros de , mientras que cumplen sus labores cotidianas en el recinto entre los muros. “Cuido los muros”, ¿contra quien? Los primeros monjes tenían una respuesta precisa: contra los demonios que son los enemigos comunes de la humanidad. Retirándose al desierto, dominio de los demonios, a fin de entablar la lucha contra las fuerzas del mal, el monje hace, por eso mismo, un bien al mundo entero (Con ese propósito, si se comprende el desierto en tal sentido, como dominio de los demonios, uno puede preguntarse donde se encuentra “el desierto” en nuestro mundo contemporáneo: ¿en el campo o en la ciudad?) ¿Y con cuáles armas el monje protege los muros contra las fuerzas demoníacas? Una vez más, la tradición monástica responde de manera específica: con las armas de la oración.
Así, pues, este es principalmente el modo en que el monje sirve al mundo: no en primer lugar por las obras exteriores de caridad o por la erudición, no ante todo por la hospitalidad ni siquiera por el consejo espiritual, sino por el trabajo interior de la oración. El amor de un monje se expresa ante todo por su oración: su oración es su amor. Sirve a su prójimo rezando. No simplemente por su oración de intercesión, sino por toda su oración, sea de arrepentimiento, alabanza o silencio. Cuando san Teodoro Estudita (759-826), proclamaba que “los monjes son la fuerza y la base de ” (13), era ciertamente este ministerio de oración el que tenía en vista ante todo. Precisamente porque reza, el monje no está separado del mundo, por grande que sea su aislamiento exterior, pues la oración, aunque interior y personal, no es jamás solitaria: aquel que ofrece una oración auténtica y viva reza siempre como miembro de un cuerpo, en unión con todos aquellos que rezan, y en realidad con la humanidad entera, tanto si ella reza o no. Toda oración es comunitaria y cósmica. Cuando el monje dice de Jesús, “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”, dice al mismo tiempo «ten piedad de nosotros», incluso si aquella puede no ser la forma aparente de las palabras que emplea. Su invocación no sería una oración auténtica si fuera dicha para él solo. Así, en virtud de su oración, el monje está, según la palabra de Evagrio Póntico (346-99), “separado de todos y unido a todos” (14).
Presuponiendo como ella esta mutua coherencia, la oración es una fuerza dinámica y transfigurante, incluso cuando permanece enteramente oculta. Más es hecho quizás por mantener la paz en nuestra generación por aquellos hombres y mujeres en la oración incesante, enteramente inadvertida para el mundo exterior, que por todos los políticos y diplomáticos. Los ermitaños llevan quizás a Cristo más hombres que cualquier escritor o predicador, cualquiera que sea su elocuencia. “Adquirid la paz interior”, decía san Serafín, “y miles a tu alrededor encontrarán su salvación”. Si algunos hombres se vuelven oración, ha notado Olivier Clément –oración que es “pura” y, a juzgar por las apariencias, perfectamente inútil- transforman el universo por el solo hecho de su presencia, de su existencia misma. Tal es precisamente la vocación del monje: ser una presencia, la presencia de la oración, ayudar al mundo no tanto de manera activa que de una manera existencial, no tanto por lo que hace que por lo que es, volviéndose él mismo oración viviente. Transfigura el mundo transfigurándose él mismo. En toda la historia de , los monjes han sido muchas veces la ilustración de esta paradoja: aquel que rechaza preveer y organizar, que no busca determinar cuál es para él el mejor medio de ser útil al prójimo, sino que se vuelve simplemente hacia Dios con un amor infinito, es a menudo ese justamente quien, más que todos sus contemporáneos, aporta más, y duraderamente, a la sociedad entera. Puede que el monje sueñe menos en convertir al mundo y más en convertirse él mismo: más oportunidades habrá que el mundo se encuentre de hecho convertido.
“Ved esta ventana, dice Tchouang Tseu, no es más que un agujero en el muro, mas, gracias a ese agujero, toda la habitación está llena de luz. Así, cuando todas nuestras facultades están vacías, nuestro corazón está lleno de luz. Y el hecho de estar lleno de luz produce una influencia que transforma secretamente a nuestros prójimos” (15). El monje es precisamente ese agujero en el muro, a través del cual pasa la luz increada del Señor. Vaciando totalmente su corazón y no dejando más que la oración, se vuelve una ventana para y para el mundo.
Los profetas del Segundo Advenimiento
Tal es el monje: una presencia, un testimonio o un signo. Más significativamente, es el testigo del tiempo futuro, de ese reino por venir que, sin embargo, está ya presente en medio de nosotros. Desde sus comienzos, el cristianismo ha sido una religión ascética: ¿Por qué, pues, el monaquismo no se ha vuelto una manifestación distinta más que en el siglo cuarto, cerca de trescientos años después de la crucifixión de Cristo? ¿Por qué el desarrollo del monaquismo ha coincidido casi exactamente, en el tiempo, con la conversión del emperador Constantino y la institución del cristianismo como religión oficial del Estado? Hay ciertamente una relación entre estos acontecimientos. Los monjes son los mártires de una época donde el martirio sangriento no existe más; el monaquismo es el contrapeso del cristianismo “establecido”. En una época donde en general corría el riesgo de confundir lo que corresponde al Cesar con lo que corresponde a Dios, los monjes han ocupado un rol profético o escatológico, recordando a los hombres que el reino de Dios no es un reino de este mundo. Y tal es siempre su rol en el seno de actitud del monje es esencialmente una actitud de espera. “El monje, dice san Isaac el Sirio (siglo VII), es aquel que pasa todos los días de su vida en ayuno, sed y penitencia en razón de su espera de la esperanza celestial” (16).
Por el bautismo, todo cristiano se vuelve ya parte integrante del siglo venidero. Mas el monje, gracias a su desapego ascético y su oración continua, llega a un grado particularmente elevado. Es el testigo del octavo día. Renunciando al matrimonio, adopta por anticipado el estado de la humanidad luego de la resurrección de los muertos, cuando “los hombres no tomarán mujeres, ni las mujeres maridos, sino serán como los ángeles en los cielos” (Mc., 12, 25). Como lo dice san Gregorio Palamás (1296-1359) (17), los monjes son los profetas y los heraldos de la segunda venida de Cristo: al igual que los profetas del Antiguo Testamento han predicho la primera venida de Cristo y , son los monjes, en el seno de , los que anuncian su segunda venida, no tanto con sus palabras como con su vida misma.
Todos los cristianos son “extranjeros y peregrinos” (Hb. 11, 13), dirigiéndose hacia el esjaton, vueltas sus miradas hacia celestial. Mas la mayor parte de entre ellos tienen al mismo tiempo muchas metas secundarias: ocuparse de su marido o de su mujer, educar sus niños, curar enfermos, ayudar a pobres y desheredados. El monje, desde el punto de vista de su vocación esencial como monje, no tiene meta secundaria. Su modelo es María, que se ha preocupado de la única cosa necesaria (Lc., 10, 42). Su nombre mismo, monacos, significa aquel cuya existencia tiende hacia una sola meta, que no vive más que por una sola cosa; y, por esta orientación única, recuerda al Pueblo de Dios adonde va. Por su sola presencia, el monaquismo conserva en el seno de la conciencia de la dirección a seguir.
Las dos vías: la afirmativa y la negativa
Este carácter de orientación única y escatológica del monaquismo nos ayuda a comprender más claramente la relación que existe entre el matrimonio y la vida monástica. Los dos se complementan, un poco como la vía catafática y la vía apofática se equilibran y se complementan en teología. La vía catafática, es decir afirmativa, indica la presencia de Dios Creador en todas las cosas creadas, en todas las imágenes y todos los símbolos. La vía apofática, es decir negativa, indica al contrario que Dios está infinitamente por encima y más allá de todo aquello que ha hecho; y en nombre del que es más grande, desecha lo que le es menos, procurando ver más allá de toda imagen y símbolo y hundiéndose así en las tinieblas divinas. Las dos llegan a un conocimiento del Dios viviente, una por intermedio de las cosas creadas, la otra sin intermediario. Las dos son necesarias a una teología sana y equilibrada. Una teología totalmente catafática correría el riesgo de degenerar en idolatría; y una teología totalmente apofática desembocaría simplemente en el vacío, en una suerte de nihilismo intelectual.
¿Cómo se aplica eso al matrimonio y al monaquismo? Ambos son sacramentos del amor. Más lo que el marido y la mujer realizan por intermedio de uno y de otro, el monje se esfuerza por alcanzarlo directamente. En el matrimonio, como en la teología catafática o simbólica, el arquetipo es alcanzado por medio del icono. El marido y la mujer expresan su amor a Dios por y en su amor recíproco. “Haz, Señor, que amándonos el uno al otro, podamos a amarte”: tal es la oración que dirigen a Dios. En el monaquismo, como en la teología apofática, el icono es dejado de lado: el amor a Dios se expresa directamente, y tampoco por intermedio de la imagen o de la presencia física de otra persona humana. Como las dos vías teológicas, estas dos formas de amor se complementan y se equilibran la una a la otra. Ambas son expresiones reales del sacerdocio real, universal, del bautizado. Ambas son necesarias a , y ninguna de las dos puede ser verdaderamente comprendida sino a la luz de la otra. Como ha escrito Paul Evdokimov: “El mejor y quizás el único método para profundizar el valor propio del matrimonio, es comprender la grandeza de la significación del monaquismo” (18). A la inversa, sólo los monjes que ven en el matrimonio una fuente de la gracia y un medio de alcanzar la plenitud divina pueden darse plenamente cuenta de la significación profunda de su propia renuncia.
Puede ser tentador oponer los dos de una manera simplista: decir que el ascetismo y la castidad son la característica del monaquismo y que el amor es la característica del matrimonio. Mas estos dos estados no pueden ser opuestos de este modo. Las parejas casadas, al igual que los monjes, son llamados a tomar “la vía estrecha” de la vida ascética, de ayuno y de la renuncia; si los monjes son mártires, mismo lo son las parejas casadas, como lo indican claramente las coronas y los himnos de la ceremonia religiosa del matrimonio. El amor perfecto es siempre un amor crucificado (incluso si la crucifixión lleva a la resurrección, es a condición que la cruz sea aceptada de buena voluntad). Lo mismo, la castidad, comprendida en su verdadero sentido de lo que es intacto e integración, es una cualidad que se aplica no solamente al celibato, sino también al matrimonio. En un sentido conlleva también los valores característicos del monaquismo: los votos monásticos de pobreza, castidad y obediencia –comprendidos, como deben serlo, en su acepción positiva, es decir, como un medio que nos debe permitir ser libres de amar a Dios y a nuestro prójimo- aplicándose también a la vida de pareja. Y, por el contrario, si el ascetismo y la castidad caracterizan también a la vida de pareja, el amor (lo hemos visto) caracteriza la vida del verdadero monje.
El monje no es un dualista más; en un mismo grado que el cristiano casado, aunque sobre otro registro, se esfuerza en afirmar la bondad intrínseca de toda la creación material y sobre todo del cuerpo humano. Si el monje se abstiene del matrimonio, no es porque el estado marital es un pecado, sino porque él está llamado a expresar su amor a Dios y a los hombres en otro nivel. El monje y el cristiano casado son ascetas, y ambos “materialistas”, este último término siendo tomado en su sentido cristiano, es decir, aplicándose a aquellos que testimonian el potencial espiritual de las cosas materiales. Ambos reniegan del pecado y afirman el mundo. La diferencia entre ellos reside solamente en las condiciones exteriores en las cuales llevan el combate de la ascesis.
San Ireneo de Lyon (siglo II) habla del Hijo y del espíritu Santo como de las “dos manos” de Dios Padre; en todo su trabajo de creación, de redención y de santificación, Dios se sirve siempre simultáneamente de sus dos manos (19). Lo mismo, el matrimonio y el monaquismo son las “dos manos” de , las dos expresiones complementarias de un solo y mismo sacerdocio real. Cada uno de los dos tiene necesidad del otro, y en su misión, utiliza sus dos manos juntas.
Oración y arrepentimiento continuo
En Las sentencias de los Padres del desierto, leemos: “Contaban aún esto con respecto a abba Arsenio: un sábado, tarde a la noche, se mantuvo de pie, dando la espalda al sol poniente, y se puso a rezar levantando los brazos al cielo; y quedó así hasta que el sol del alba iluminó su rostro (…) Un hermano se volvió hacia la celda de abba Arsenio, en Scete, y miró por la ventana; y vio al anciano como si estuviera enteramente en llamas” (20).
Ambos relatos nos exponen el ideal monástico. El monje es aquel que se mantiene continuamente ante Dios en oración, aquel que se identifica tan totalmente con el acto de rezar que se vuelve él mismo una llama viviente de oración. Esta llama viviente es la manera en que se expresa su amor a Dios y al hombre, y por esta llama de oración sirve a la sociedad y participa activamente en la transfiguración del mundo.
He aquí, pues, el ideal: ¿qué sucede en la práctica? En una de sus obras, el escritor ortodoxo finlandés Tito Colliander registra la conversación siguiente entre un monje y un laico: “¿Qué hacéis, pues, en el monasterio?”, pregunta el laico. Y el monje responde: “Caemos y nos levantamos, caemos y nos levantamos, caemos otra vez y nos levantamos otra vez” (21). El monasterio es un sitio de oración continua, pero también de arrepentimiento continuo. de Jesús, que ocupa un lugar central en la formación espiritual del monje, es entre otras cosas una oración de penitencia, un ardiente pedido de perdón: “ten piedad de mí, pecador”. La familia monacal, como toda familia compuesta de marido, mujer y sus hijos, es un grupo de seres humanos pecadores que, con la ayuda de Dios, aprenden lentamente a llevar una vida común, que no cesan de caer y, sin embargo, luego de cada fracaso, se esfuerzan en empezar de nuevo. Así, cuando nosotros los monjes, hablamos de nuestra vida, pensamos en abba Arsenio, mas pensamos también en nuestros defectos, en nuestro egoísmo, en nuestra irritabilidad y en nuestra pobreza de espíritu.
Para todos nosotros, seamos casados o seamos monjes, el amor es una cosa que, por la gracia divina, poseemos ya, que surge espontáneamente en nuestros corazones, pero también una cosa por la cual no tenemos menos que luchar y sufrir, y que debemos sin cesar aprender. El amor es a la vez el punto de partida y el fin. El amor está en el centro mismo de nuestro corazón: es nuestra esencia misma, a menos de amar no somos nada. Donde sea que estemos, en nuestro hogar o en nuestro monasterio, esforcémonos, pues, para llegar a ser más plenamente eso que ya somos.
Para tener más detalles de nuestra HERMANDAD ORTODOXA DE SAN SERAFÍN DE SAROV póngase en contacto con el Higumeno Pablo en Internet o por teléfono:
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¿Quiénes somos?
Somos hermanos y hermanas, ortodoxos, con una vocación hacia los cristianos y cristianas que tengan a Jesús como Señor y Salvador.
Nuestra Hermandad fue fundada en Julio de 2002 dentro de Hispánica y fue llamada en un principio “Orden de San Francisco y San Serafín”.
nos ha encomendado servirle mediante el testimonio de nuestras vidas para ser testigos de la gloria de Dios y del amor de Dios hacia la humanidad.
Nuestra Hermandad se dedica a la oración, al estudio espiritual y al trabajo social. Para las persona que no pueden vivir en comunidad se ha creado la ”Asociación Ortodoxa Occidental Padre Juan María” formada por hombres y mujeres, casados ó solteros, ordenados ó laicos, que se sienten llamados a una dedicación de por vida, bajo una disciplina y una Regla, sin hacer vida en comunidad sino viviendo esta experiencia en sus propios hogares, en sus lugares de trabajo y/o en sus respectivas parroquias locales.
Todos seguimos de Vida de que está basada en los Evangelios y en los consejos de San Serafín de Sarov, San Antonio del Desierto y otros santos universales.
Pueden pertenecer a personas cristianas comprometidas, pero que no queriéndose comprometer con los votos de Castidad, Pobreza y Obediencia estricta, sientan el deseo de ser parte de una comunidad religiosa. Sus miembros ayudan a en cualquiera de sus carismas, participando en sus actividades. Estamos registrados como “Asociación Ortodoxa Occidental Padre Juan María” y está legalizada por el Ministerio del Interior Español con el Núm. 170422 Sec. 1ª, estando además inscrita en el Censo de Entidades Jurídicas del Ministerio de Hacienda del Reino de España con el Código de Identificación Fiscal: G 91342378.
Los miembros que formamos la “Hermandad de San Serafín de Sarov”, nos reconocemos como una familia que tiene que realizar un trabajo en común. Nuestra vida se debe caracterizar por la humildad, el amor y la alegría.
Pretendemos ser eminentemente prácticos en el sentido de vivir una experiencia espiritual cristiana. Todos nuestros esfuerzos y estudios tienen el objeto de progresar en la espiritualidad. La vía regia para penetrar en la espiritualidad es la oración, entendida como un diálogo entre la persona y Dios. El fundamento de nuestra vida es Dios, por lo que buscamos su amistad.
El propósito final de es el que San Basilio propone: “El ser humano es una criatura que ha recibido la orden de llegar a ser como Dios”.
Con esta esperanza caminamos los hermanos y hermanas que formamos .S.S.S., como hijos de Dios, orando y peregrinando por este desierto inhóspito hacia nuestro Hogar, pero con alegría y paz, queriendo compartir nuestra experiencia con todos los que están a nuestro alrededor.
(H.O.S.S.S.) tiene una Regla de Vida y unos Estatutos por los que se rige
Si desea información adicional puede contactarnos en la siguiente dirección:
Hermandad Ortodoxa – Abad Padre Pablo
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ó en la dirección electrónica: diocesislatina@gmail.com
ARTICULO 1º. - Se constituye en Sevilla la Asociación denominada “Asociación Ortodoxa Occidental Padre Juan María” al amparo de lo previsto en el Artículo 22 de la Constitución Española; lo establecido en el Decreto 1440/1965, de 20 de Mayo; el Real Decreto 304/1985, de 6 de Febrero, sometiéndose al régimen asociativo de la Ley Orgánica 1/2.002 de 22 de Marzo reguladora del Derecho de Asociación y demás normativas legales vigentes.
La Asociación se regirá por lo dispuesto en los presentes Estatutos:
ARTICULO 2º. - La Asociación no tiene fines lucrativos. Su finalidad es servir de ayuda a las personas de creencias ortodoxas que se encuentran desamparadas y sin guía espiritual. Para atender a este fin sus miembros emplearán los medios de que puedan disponer para su autoformación y la de todo tipo que puedan utilizar para la formación tanto de jóvenes como de adultos.
ARTICULO 3º. - El domicilio de la Asociación se establece en Sevilla, Calle Santa Clara Núm. 5 (C.P. 41002)
ARTICULO 4º. - El ámbito de actuación de la “Asociación Ortodoxa Occidental Padre Juan María” será el del territorio nacional español con sedes en todo el mundo.
ARTICULO 5º. - El órgano supremo de la Asociación será la Asamblea General de Socios, que podrá ser Ordinaria o Extraordinaria. Estas estarán integradas por todos los socios que se hallen en pleno uso de sus derechos sociales.
ARTICULO 6º. - La Asamblea General Ordinaria se reunirá al menos cada dos años.
ARTICULO 7º. - Será competencia de la Asamblea General Ordinaria.
1.- Aprobar, en su caso, el informe bianual y la gestión de la Junta Directiva.
2.- Examinar y aprobar, en su caso, el estado de cuentas por el mismo periodo, y la participación en los gastos de los socios.
3.- Examinar, aprobar o rechazar el plan que proponga la Junta Directiva para las actividades de la Asociación en orden a sus fines en el siguiente bienio.
ARTICULO 8º. - La Asamblea General Extraordinaria se reunirá tantas veces como sea necesario, previo acuerdo de mayoría simple de la Junta Directiva, o a petición de, al menos, una quinta parte de los “Socios Numerarios” de los que más adelante se mencionan.
ARTICULO 9º. - Será competencia de la Asamblea General Extraordinaria:
1.- La modificación de los presentes Estatutos.
2.- La disolución de la Asociación.
3.- El nombramiento de la Junta Directiva.
4.- La disposición y enajenación de bienes.
ARTICULO 10º. - La convocatoria de las Asambleas Generales será comunicada por escrito, expresando el lugar, fecha, hora de reunión y orden del día de la misma. Entre la convocatoria y el día señalado habrán de mediar, al menos, quince días, y podrá ser convocatoria única, sin aplazamiento para una segunda.
ARTICULO 11º. - Sin perjuicio de las facultades de la asamblea General de Socios, la Asociación estará regida por una Junta Directiva compuesta por: Presidente, Secretario, Administrador-Tesorero y Vocal, que tendrán a su cargo vigilar la actuación de los restantes miembros de la Junta Directiva en nombre de los demás Socios.
Todos estos cargos serán gratuitos y recaerán necesariamente en Socios Numerarios. Su ejercicio tendrá una duración prorrogable de dos años.
ARTICULO 13º. - Las funciones de la Junta Directiva serán:
1.- Dirigir la actividad de toda la Asociación.
2.- Llevar su gestión administrativa; para lo que es necesario, como mínimo, que sea difundido a todos los socios, una vez aprobados por la Junta, los estados de cuentas que habrá de confeccionar el Administrador-Tesorero con una frecuencia no superior a un año.
3.- Ejecutar los acuerdos de la Asamblea General.
ARTICULO 14. - Al Presidente corresponde:
1.- Dirigir las actividades sociales, especialmente el cumplimiento de los fines sociales y eclesiales de la Asociación.
2.- Admitir en ella a los nuevos socios y expedir su acreditación.
3.- Convocar, presidir y levantar las sesiones de la Junta Directiva y de las Asambleas Generales.
4.- Cumplir y hacer cumplir los acuerdos de la Junta Directiva y de las Asambleas Generales.
5.- Ordenar los pagos y gastos de la Asociación.
ARTICULO 15. - En caso de incapacidad o fallecimiento del Presidente hará sus veces en funciones, el Secretario, quien deberá convocar, en plazo no superior a dos meses, desde la incapacitación u óbito, Asamblea General Extraordinaria, a fin de que por la misma se proceda a la elección de nuevo Presidente por mayoría simple de todos los socios numerarios presentes. El nuevo Presidente podrá confirmar en sus cargos a los restantes miembros de la Junta Directiva existente.
ARTICULO 16. - Al Secretario le corresponde el funcionamiento administrativo de la asociación, es decir:
1.- Custodiar el archivo, los libros, sellos y documentos de la Asociación, a excepción de los de contabilidad.
2.- Redactar y escribir en los libros correspondientes las actas de las reuniones de la Junta Directiva y de las Asambleas Generales.
3.- Expedir las acreditaciones de socios y otras certificaciones que se precisen, con el visto bueno del Presidente.
4.- Redactar y presentar a la Asamblea General ordinaria el informe bianual de la Junta Directiva.
5.- Llevar al día el fichero de los socios.
ARTICULO 17º. - Corresponde al Administrador-Tesorero la responsabilidad del funcionamiento económico de la Asociación, y en concreto:
1.- Recaudar los fondos de la Asociación, custodiarlos e invertirlos según lo determine la Junta Directiva.
2.- Efectuar los pagos, con el visto bueno del Presidente.
3.- Llevar la contabilidad, o, al menos, dirigirla.
4.- Llevar el Libro de Estado de Cuentas, con las indicaciones de ingresos, gastos y saldo, o al menos vigilar su teneduría.
5.- Confeccionar el estado anual de cuentas.
ARTICULO 18º. - Además del Vocal señalado en el Artículo 11º, la Junta Directiva podrá nombrar a otros, con o sin misiones específicas. No obstante, su número, incluido el anteriormente indicado, no deberá pasar de cinco.
Socios Numerarios y Adheridos. Procedimiento de admisión y pérdida de la cualidad de Socio. Derechos y deberes de los socios.
ARTICULO 19. - Podrán pertenecer a la Asociación aquellas personas de uno u otro sexo, mayores de edad y con capacidad de obrar, que tengan interés en el desarrollo de los fines de la misma y cuyo principal objetivo es ayudar al necesitado, dando preferencia al ortodoxo emigrante sin recursos.
ARTICULO 20. - No obstante lo anterior, en concreto se podrá pertenecer a esta Asociación Ortodoxa Occidental, conforme a los dos grados siguientes.........
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Estos Estatutos fueron aprobados por el Ministerio del Interior de España el día e Inscrito en el Registro Nacional de Asociaciones Grupo 1, Sección 1, Número Nacional 170422.
Organización
Los cánones ortodoxos rigen la función de y asimismo de la D.O.I. Todo lo que ha sido definido en los 7 Concilios Ecuménicos es cumplido por el clero.
Los principales dogmas proclamados en estos Concilios son los que indicamos a continuación, bien entendido que lo que aquí reflejamos es un breve resumen, pero nuestros presbíteros, en su labor pastoral, desarrollan ampliamente estas enseñanzas.
1 – Cristo no es una criatura: Él fue engendrado del Padre.
(Concilio de Nicea – 325)
2 – : Tres Personas divinas en Un solo Dios.
(Concilio de Constantinopla – 381)
3 – es de Dios (Theotokos)
(Concilio de Efeso – 431)
4 – Cristo es Dios y Hombre. Existen dos naturalezas en Cristo;
una divina y otra humana.
(Concilio de Calcedonia – 451)
5 – Reafirmación de las dos naturalezas de Cristo.
(Concilio de Constantinopla – 553)
6 – Cristo tiene dos voluntades y dos energías.
(Concilio de Constantinopla – 680)
7 -- La restauración de los Iconos.
(Concilio de Nicea – 787)
El derecho canónico es la base para toda Iglesia canónica, siendo la línea de conducta que permite la buena marcha de (tanto local como universal).
Los cánones ortodoxos permiten también una cosa importante: estar de acuerdo en todo con , pero por razones pastorales, el Arzobispo puede decidir la aplicación de ciertas prácticas, autorizar la aplicación de diferentes ritos, etc. Por ejemplo, en España ha sido autorizada la celebración del Rito Hispano Mozárabe, cercano al rito ortodoxo, pero más breve. Aún así, los miembros del clero deben conocer perfectamente de San Juan Crisóstomo, como el principal rito de todas las Iglesias Ortodoxas, además de todos los ritos bizantinos.
En el entorno del Arzobispo Metropolitano Hilarión están presentes los Archimandritas, los Proto-presbíteros, los Presbíteros, los Diáconos y los sub-Diáconos, responsables de la vida de sus parroquias y misiones, que asimismo es deseable estén rodeadas de laicos, a fin de recibir ayuda en sus tareas administrativas y de gestión.
Las vocaciones monásticas son sostenidas en la medida de lo posible y también las vocaciones sacerdotales. Los seminaristas reciben la formación necesaria para su futuro sacerdocio, en el Seminario de San Osio, dirigido por el P. Miguel y sus estudios han sido acordados por la jerarquía de
La Iglesia Orienta Hispánica cuenta actualmente con parroquias y misiones en España, USA, Cuba, Costa Rica, Puerto Rico, Nicaragua, Argentina y Colombia. Muy pronto se contarán también en Italia.
La legitimidad de nuestra jerarquía no agradó en el pasado a nuestros detractores, más inquietos en preservar algunos privilegios, que en trabajar por la unidad de hay personas poco escrupulosas que no cesan de calumniar lo que no pueden probar, en lugar de informarse primero. Ya, gracias a Dios y por su santa voluntad esto ha cesado y seremos reconocidos por los que no nos deseaban. El Señor ama a sus hijos y no desampara a los que acuden a Él.
(De la página web de .H.: http://orientalhispana.comuf.com)
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Sobre Iglesia Oriental Hispánica
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Puede solicitar más información en:
ó en:
Parroquia de San Serafín de Sarov
Calle Dr. Relimpio 2
41003 SEVILLA
(España)
Hermandad Ortodoxa de San Serafín de Sarov
Pasos para una Vida Comunitaria
Hay cinco pasos básicos en el camino a una vida consagrada:
Cuestionamiento personal
Contacto con a través de una serie de visitas y correspondencia personal
Hacer una solicitud formal adjuntando documentos necesarios.
Postulantado (normalmente 6 meses) - Noviciado (de 3 años)
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Si todo ha sido correcto, el Novicio puede aplicar para su consagración definitiva. Por siglos se ha desarrollado a través de tres estados de perfección de vida monástica:
Monje(a) Rasoforo(a) - Monje(a) de pequeño schema (Stavroforo) - Monje(a) del gran schema
Los tres grados tienen como consecuencia las mismas reglas canónicas y morales de la tradición de
Cualidades para ser admitido
Cualquier persona ortodoxa creyente puede ser admitida como postulante. Al ser una comunidad consciente de la necesidad de de , aceptamos miembros de iglesias ortodoxas, siempre que estos, una vez crismados y aceptados por estén dispuestos a vivir un sistema fraterno tal como lo proponemos.
No hay ninguna cualidad académica, o de estudios para consagrarse en nuestra comunidad. Ni existe discriminación a causa de la edad, pero pueden estudiar en nuestro Seminario San Osio de Córdoba.
Si usted siendo cristiano desea abrazar una vida de cumplimiento de los mandamientos de Cristo, así como vivir mas intensamente por los consejos de pobreza, castidad y obediencia, y si usted quiere abrazar un espíritu de penitencia buscando crecer en el amor a Cristo, renunciando a si mismo y transformándose en loco de amor por Dios, le damos la bienvenida a nuestro camino de seguimiento a Dios.
Paso primero: Cuestionamiento personal
Entrar en una vida consagrada es igual que tomar la decisión del matrimonio. Tanto la persona como la comunidad se tomará un tiempo para conocerse uno al otro. Para conocerse es por lo que se elaboró este documento.
Algunas veces la gente piensa que la vida consagrada está hecha para gente desilusionada del mundo o que buscan cosas fuera de lo común de la existencia. Nuestro ánimo no es escapar de la actividad o del mundo sino trabajar intensamente en medio de él para transformarlo.
Algunos creen que una persona entregada a Dios debe ser como un ángel encarnado, y al contrario, toda la vida humana, cuerpo, cerebro, emociones, alegrías, tristezas y cansancio forman parte de la totalidad del ser consagrado. La correcta definición de persona consagrada sería un ser que ha disciplinado su parte humana junto con su ser espiritual según las inspiraciones de la gracia de Dios.
La vida espiritual de oriente está enraizada firmemente en las cosas normales del día, alimentadas con una oración frecuente (de manera particular litúrgica), unas dosis de silencio, observar las fiestas y ayunos aconsejados por la iglesia, trabajo, descanso y vida comunitaria.
Si usted prefiere un alimento espiritual más exótico y complicado puede detener su lectura y no continuar con nosotros.
Una de las mejores maneras de probar si está llamado a vivir en el futuro Monasterio de S. Isidoro de Sevilla es preguntarse y responderse sinceramente: ¿Es de esta manera como quiero pasar cada día por el resto de mi vida?
El Monasterio no es un lugar para escapar de las presiones de la vida o de las realidades de la existencia mundana. Aquí nosotros fortalecemos nuestro caminar animándonos los unos a los otros bajo la obediencia del higumeno o abad, trabajamos por el pan diario y para vivir equilibradamente juntos. Tenemos un pedazo de tierra que mantener junto con construcciones y plantas, alguna vez podríamos recibir alguna ayuda de parte de o benefactores, retiro o peregrinaciones, o quizás atendiendo algún visitante, pero todo eso será siempre considerado excepcional. En palabras comunes, no existen personas que sean mantenidas, sin trabajar en la comunidad. Sino obreros en diferentes funciones que sirven al Reino de Dios.
Los Padres de siempre fueron muy claros al enseñar que los consagrados deben sostenerse por sí mismos. Eso inevitablemente nos lleva a tener contacto con el mundo, aparte de las otras tantas veces en que debemos también dedicarnos a llevar el Evangelio, por eso procuramos constantemente defender nuestro estado de vida y nuestra privacidad.
Muchas personas llevan una vida casi de clausura en el mundo, con mucha oración y haciendo cosas buenas por Dios, eso no significa que necesariamente tenga vocación para vivir con nosotros. Para vivir en nuestra comunidad se debe estar equipado físicamente, intelectualmente, emocionalmente, psicológicamente y espiritualmente, recordando siempre que usted no es un ser solitario sino un cristiano que ora por el mundo.
Es verdad que en la tradición de oriente la vida eremítica era la más aconsejada. Sin embargo hoy en día el “desierto” más difícil de vivir es el de la compasión hacía el prójimo y el de vivir correctamente en comunidad. El primer paso para formarse y fortalecerse en esa vida de entrega será la relación con el higumeno, abad o padre espiritual.
La obediencia consagrada es quizás la parte más difícil sobre todo para quienes han vivido por mucho tiempo solos e independientemente, haciendo casi siempre lo que les parecía correcto, por ello las personas habituadas a vivir de su propia voluntad deben pensar mucho si podrán vivir bajo una obediencia por amor a Dios.
Ser sacerdote no es una condición para vivir en comunidad, sino un servicio, sirviendo a Dios por medio de su santo altar. No todos los que vienen a la vida monástica deben pensar en ser sacerdotes, la mayoría de los monjes no buscan ser parte del clero.
La persona que venga al Monasterio de S. Isidoro de Sevilla busca antes que nada convertirse y perfeccionar su alma, por medio del testimonio de esa vida, iniciar un camino de transmitir el Evangelio a otros y solamente después públicamente servir a en un ministerio como el sacerdocio.
Por muchos años y mucho más a causa de los apostolados de occidental el papel del sacerdocio ha sido presentado como casi el único camino para acceder a la santidad, o erróneamente se ha dado un papel preponderante al trabajo evangelizador de los laicos olvidando la profundización de la vida espiritual. Muchos corren en occidente tras de obras sociales o apostólicas, cuando para nosotros lo esencial es salvar el alma y la de los demás por medio de una vida ejemplar santa.
Obviamente el sacerdocio y la vida consagrada son complementarios, necesita de ambas. Nuestra Iglesia está trabajando para que pronto podamos tener un monasterio propio. Oremos por ello. Si usted se siente llamado al sacerdocio y a la vida monástica debe pensar que está optando por el camino más exigente posible.
En muchos casos hay personas que no pueden vivir en comunidad sin embargo aman el sistema de vida consagrada, estas personas pueden ser aceptadas como asociadas o agregadas y vivir en el mundo de acuerdo a su estado de vida. Para discernir cual es el camino, déjese ayudar por el Higumeno P. Pablo de nuestra Hermandad Ortodoxa de San Serafín de Sarov.+
Hace ya más de dos mil años, Jesucristo, el Hijo de Dios, vino a la tierra y fundó la Iglesia a través de sus Apóstoles y discípulos para la salvación del género humano. Las enseñanzas de los Apóstoles y la Iglesia tuvieron de inmediato gran expansión. Muchas iglesias fueron fundadas, todas unidas en la fe, la liturgia y los sacramentos.
Al grupo de Iglesias fundadas por los Apóstoles pertenecen cinco Patriarcados: Constantinopla, Roma, Alejandría, Antioquía y Jerusalen; después fueron fundadas las de Grecia, Rusia, Bulgaria, Ucrania, Rumanía, Georgia, etc.
Todas estas Iglesias son independientes en su administración pero unidas entre sí, a excepción de la Iglesia de Roma, que se separó de estas Iglesias Ortodoxas en el año 1054 añadiendo nuevos dogmas.
Los cristianos ortodoxos adoramos a Dios en Trinidad. Creemos que el Espíritu Santo procede del Padre. Creemos que el Señor nació de la Santísima Virgen María, virgen antes, durante y después del parto.
Honramos a la Virgen y a los Santos, pidiendo su intercesión ante Dios. Veneramos los iconos, no por sí mismos, sino como una representación de Cristo, la Madre de Dios, los Santos...
Reconocemos siete sacramentos: Bautismo, Crismación, Eucaristía, Penitencia, Orden, Matrimonio y Unción. Creemos que la Iglesia Ortodoxa es UNA, SANTA, CATÓLICA y APOSTÓLICA.
Esto es muy brevemente lo que creemos los ortodoxos, siendo fiel a su Fundador y transmitiendo su mensaje al mundo por más de dos mil años sin añadir ni quitar.
Puede obtener más información en nuestras webs:
www.iglesiaorientalhispana.es / www.orientalhispana.comuf.com
Iconos
El fundamento teológico en la veneración de los iconos
tiene un tesoro invaluable, no solo en el ámbito de los oficios y las obras de los Santos Padres, sino también en el ámbito del arte eclesiástico. Como se sabe, la veneración de los santos iconos es muy importante en , ya que el icono es algo mucho más grande que una simple imagen. No es simplemente un adorno del templo o una ilustración de las Sagradas Escrituras, sino que tiene una correspondencia total con Ellas, es un objeto que entra orgánicamente en la vida de los oficios divinos. Con ello se explica el significado que da al icono, es decir, no a cualquier representación en general, sino al icono canónico, o sea, aquella imagen específica que Ella misma ha elaborado en el transcurso de su historia en la lucha contra el paganismo y las herejías; aquella imagen por la cual, en el período iconoclasta, pagó con la sangre de sus mártires y confesores de la fe.
'Icono' es una palabra griega que significa 'imagen, representación.' En el icono no ve sólo un aspecto cualquiera de la enseñanza cristiana de la fe, sino la expresión del Cristianismo en su totalidad, como tal. Por ello, es imposible comprender o explicar el arte eclesiástico fuera de y Su vida. El icono, como imagen sagrada, es una de las manifestaciones de de veneración de los iconos del Salvador, de Dios, los ángeles y los santos es un dogma de la fe cristiana que fue formulado por el VII Concilio Ecuménico - un dogma que emana de la confesión fundamental de : la encarnación del Hijo de Dios. El icono de nuestro Señor es el testimonio de Su encarnación verdadera, no ilusoria. El significado dogmático del icono fue claramente formulado durante el período iconoclasta.
Al defender los iconos, no defendía su aspecto didáctico o estético, sino el mismo fundamento de la fe cristiana: el dogma de la encarnación, ya que el icono del Salvador es al mismo tiempo, testimonio de Su encarnación y nuestra confesión de Jesucristo como Dios. "Yo vi la imagen humana de Dios y fue salva mi alma," dice San Juan Damasceno. En otras palabras, el icono del Salvador es, por un lado, testimonio de la plenitud y realidad de Su encarnación, la representación de la personalidad Divina del Verbo encarnado, una naturaleza nueva transfigurada; y por otro lado, testimonio de la realidad de nuestro conocimiento de Jesucristo como Dios, es decir, la revelación. La aspiración del hombre hacia Dios, que es el aspecto subjetivo de la fe, se encuentra con la respuesta de Dios al hombre - la revelación, que es el conocimiento religioso objetivo, expresado en palabras o en imágenes. De este modo, el arte litúrgico es, no sólo nuestra ofrenda a Dios, sino también el descenso de Dios; el arte en el cual se produce el encuentro de Dios con el hombre, de la gracia con la naturaleza, de la eternidad con lo temporal. La tradición es la revelación que sigue viviendo. Es la vida de en el Espíritu Santo. La experiencia de aquel que la recibió, crece con la experiencia de todos los que la recibieron después que él. Esta conjugación de unidad de la verdad de la revelación con la experiencia personal de su recibimiento es uno de los aspectos fundamentales de : su característica de ser Concilial.
En esencia, ve en la encarnación del Hijo de Dios el fundamento para la veneración de los iconos. Los iconos elevan nuestro pensamiento de la imagen al Arquetipo.
Significado de la "canonicidad" de los iconos
La tradición en el arte eclesiástico, al igual que en la misma Iglesia, está compuesta de dos realidades: el hecho histórico y la revelación atemporal, indisolublemente unidos entre sí en forma orgánica. Por un lado, la representación de la festividad o del santo nos da un contexto histórico certero y nos transporta a su Arquetipo. Por otro lado, no es una simple representación de un hecho histórico o de una persona entre otras. El icono nos da este hecho o la imagen del santo fuera del tiempo, mostrándonos su significado dogmático y estético, su lugar en el plan general de La iconografía de la festividad nos muestra su contenido dogmático, su lugar en la cadena de hechos salvadores de la historia sagrada. A través del icono del santo conocemos su lugar y su significación en , al igual que el carácter de su servicio a Dios: es decir, como apóstol, santo imitador de Cristo o mártir. Finalmente, en los iconos del Salvador y de Dios está expresada toda la plenitud de
De este modo, cada icono es una parte del todo, de , no sólo en el sentido interno y espiritual, sino también exterior. La construcción arquitectónica del icono, tanto interna como externa, compone una unidad con la arquitectura del templo. Cada icono es para nosotros, tanto en un sentido como en el otro, el mundo llevado a un estado de armonía y de orden superior.
San Juan Damasceno decía: "No me inclino ante la creación en lugar del Creador, sino me inclino ante el Creador que se hizo creado como yo, y sin humillar Su dignidad o sufrir ninguna división, descendió a la forma de una criatura para glorificar mi naturaleza y hacerla partícipe de la naturaleza Divina. Junto con el Rey y Dios, me inclino ante la púrpura del Cuerpo, no como vestidura y no como a una cuarta Persona, no, sino como convertida en partícipe de esa misma Divinidad. Del mismo modo que el Verbo, sin sufrir cambio alguno, se hizo Carne, del mismo modo, se hizo Verbo sin perder aquello que ella es, mejor dicho, siendo una con el Verbo en ello, con atrevimiento represento a Dios invisible no como tal, sino habiéndose hecho visible por nuestra causa a través de la participación en y en represento invisible, sino por intermedio de la imagen expreso de Dios que fue visible."
Lo Divino, lo invisible, lo incorpóreo no se representa por sí mismo, sino por la fuerza de la encarnación del Logos, segunda Hipóstasis de La imagen, el icono, es antes que nada semejanza, modelo, impresión del Arquetipo. Una representación tal no se parece a la persona u objeto representado al modo de un espejo o de forma naturalista. Su objetivo es hacer evidentes las cosas secretas y mostrarlas. El principio de la iconografía, la relación de la imagen con el Arquetipo penetra en todo el universo. Por su naturaleza, es el reflejo de las relaciones, trascendentes para este mundo, entre Dios Padre y Dios Hijo. En este caso, la imagen es semejante en todo al Arquetipo. El icono está ligado al Arquetipo, no por naturaleza, sino por energía. La energía de Dios, al penetrar la imagen, la santifica y, al manifestarse a través de ella, eleva al hombre hacia Dios. Por ello, el que venera un icono, no venera la materia de la cual está hecho, sino venera al mismo Arquetipo por intermedio de la unión en oración con El.
El icono refleja la santidad, el mundo transfigurado, el mundo superior; por lo cual las imágenes de los iconos tienen una esencia significativa y representativa: el mundo transfigurado. Esto está fijado en el Canon. La canonicidad de un icono, no está tanto en el sujeto, como en el principio de la representación del cuerpo transfigurado por medio de signos acordados. La teología cristiana diferencia la incognoscible Esencia de Dios y Sus manifestaciones creadoras, es decir, la energía, dándoles Nombres Divinos. Uno de estos Nombres es la 'Belleza.' Ella es de esencia superior y está por encima de lo mundano, es decir, es trascendente a todo lo sensible. De allí que el arte de tenga por principio el antinaturalismo. es una idea central de la estética cristiana. , como Nombre Divino, es de naturaleza luminosa. Dios es luz y no hay en El ninguna oscuridad. Cristo es que ilumina a toda criatura que viene al mundo.
Los testimonios de las Sagradas Escrituras están afirmados por la experiencia de muchos siglos de santos cristianos que se esforzaron espiritualmente, que contemplaron no creada de Dios. El icono canónico transmite esta Belleza, llena de del mundo transfigurado. El icono es el conocimiento concreto y experimentado de la santificación espiritual y la transfiguración del cuerpo del hombre. A la par de la palabra, pero en imágenes visibles y por medio de líneas y pinturas, el icono nos manifiesta la revelación de los dogmas de Dios y, al mostrar al hombre en estado de oración de gracia, nos presenta el misterio de su divinización. En otras palabras, en el icono con medios materiales, se representa la acción transfiguradora de la gracia. Todo el cuerpo participa aquí de la oración, todo el ser se dirige hacia Dios. Ocurre la renovación de nuestra naturaleza, la transfiguración de los sentimientos; ellos, al igual que todo el cuerpo, se hacen distintos. Ese momento, ese estado es la representación del santo en el icono. De allí las formas poco usuales, distintas, no naturalistas que con frecuencia nos son incomprensible. El icono no es una fantasía, no es una invención, sino el conocimiento concreto y experimentado, como si fuera el hombre representado en el estado de gracia de la transfiguración. Ello es algo así como una copia de lo natural, con la ayuda de símbolos. Por ello la extraordinaria grandeza, simplicidad, tranquilidad y gracia del movimiento en el icono. Por ello su ritmo lineal y colorido, sujeto a una armonía superior. Esto es el reino del Espíritu, el dominio de la plenitud de la vida superior, expresada por intermedio de líneas y colores. Sólo las personas que vivieron este estado pudieron crear tales imágenes. Por ello el icono canónico inspira en nosotros el estado de oración y lo concentra. El icono es el camino y el medio, es la oración misma.
La caída de la iconografía como consecuencia de la caída de la espiritualidad
De este modo, el icono expresa la contemplación y el estado en el cual el hombre vive una misma vida con la imagen que le es visible. Sólo una imagen así puede ser contundente en su realidad. Por eso cualquier recuerdo en el icono de la realidad carnal, de la naturaleza caída del hombre, de la sensación de la corrupta carne del hombre y del espacio físico, contradice la esencia del icono, el dogma de , ya que el cuerpo y la sangre no pueden heredar el Reino de Dios y lo corrupto no hereda la incorrupción. La introducción en del arte mundano llevó a que comencemos a acercarnos a la obra litúrgica de con las mismas exigencias que tenemos para con el arte seglar, rebajar la esencia superior hasta lo humano. Tal relación con el arte litúrgico fue el resultado de la profunda caída espiritual.
Durante los últimos siglos vemos la lucha, no contra el icono como en el período iconoclasta, sino la corrupción desde adentro; no la herejía abierta, sino la caída espiritual cuyo resultado es la incomprensión, la deformación y la sustitución de la auténtica imagen litúrgica por la imagen falsa, nunca sancionada por se refiere, no tanto al dogma de de Dios: "Dios se hizo hombre," como a la divinización del hombre a través de de Dios, es decir, el dogma de : "Para que el hombre se haga Dios."
La iconoclasia actual es inconsciente, no está en la negación abierta de los iconos, sino en la deformación de su sentido, en la incomprensión de su significado dogmático y educativo, y en la sustitución del verdadero icono por la falsa imagen, es decir, un simple cuadro sobre un tema religioso. Ya que aun si el cuadro iconográficamente corresponde a un tema religioso, en esa iconografía sustituye el contenido religioso por uno arbitrario. La idea de la transfiguración está ausente. En tales cuadros no se representa el mundo transfigurado, trascendente, sino el mundo terrenal, natural; no el superior, sino el inferior; no la carne transfigurada, sino la real. Ante tales cuadros no se puede rezar. Ellos no son la revelación. El regreso al arte auténticamente litúrgico, al icono canónico implica la vuelta al único camino verdadero en el arte de que se corresponda con Su espíritu, con Su enseñanza, es decir, la vuelta a las formas canónicas del arte litúrgico purificado de todo lo extraño y agregado que deforma los dogmas de y rompe la unión, llevando a la individualización y la ruptura. es el mundo de la unión y armonía de Dios. Este mundo es el que Ella pone delante de nuestros ojos y de nuestra mente en su arte.
El reino del espíritu contenido en el icono, esa atmósfera "de gran tranquilidad" (San Mateo 8:26) y "de la paz de Dios, que supera cualquier mente" (Filipenses 4:7), no se puede representar externamente, simplemente copiando un icono antiguo. La tarea del que escribe iconos es recrear en ellos el mundo superior transfigurado. Ello impone sobre el iconógrafo ciertas obligaciones. Por ello en la antigua Rusia los santos no sólo "tenían un gran cuidado y preocupación para que los iconógrafos hábiles y sus discípulos copiaran modelos antiguos," sino que prestaban especial atención a las cualidades morales del iconógrafo y su buena conducta:
humilde, manso, piadoso, que no hable en vano, que no ría en exceso, que no pelee, que no sea envidioso, bebedor, ladrón, asesino; que guarde más que nada la pureza espiritual y corporal con todo celo... Corresponde al iconógrafo acudir al padre espiritual con frecuencia, pedirle consejo en todo y según sus enseñanzas vivir en ayuno, oración y abstinencia con sabiduría humilde... Si alguno de los iconógrafos o de sus discípulos comienza a vivir sin cumplir las reglas, en ebriedad, impureza y cualquier desobediencia, corresponde ponerlos en prohibición, separarlos del trabajo Contemplemos a los Iconos observando lo que los Iconos simbolizan. Compartamos la alegría de expandir los Iconos que son la imagen inmediata de una luz proyectada; que son un tejido cuyos hilos se juntan, se entrecruzan, se ocultan y se sostienen mutuamente, entre Aquel que los inspira, los representados y los que los contemplan.
No olvidemos las palabras de San Basilio: "Levantaos vosotros pintores, que a través de vuestro arte exaltado hacéis Iconos. Mi alabanza para el campeón coronado es pobre, comparada con la sabiduría que inspiran vuestros pinceles con sus radiantes colores. Yo me detengo al escribir sobre el valor de los Santos y los Mártires, de ahora en adelante, porque vosotros los habéis coronado y hoy me alegro de la victoria ganada por vuestro poder. A medida que miro los detalles de las figuras de vuestros Iconos, Su victoria es más brillante para mí. Que los demonios rabien, porque han sido destruidos por las bondades de los Santos y los Mártires que vosotros habéis descrito. Haced que sus manos quemadas en las llamas de lo viejo, sean reveladas nuevamente como victoriosas. Que esto que yo he dicho quede incluido en esos "Iconos" y unidos con el Cristo, Juez de todo el contexto. A Él la gloria por los siglos de los siglos. Amén."
Abramos los ojos para ver; los oídos para oír y el corazón para sentir. "Para dirigir nuestros pensamientos hacia la contemplación de cosas elevadas se hace necesario un medio familiar cotidiano para dar una forma visible a lo que no tiene forma; para hacer visible lo que no se puede describir; para que podamos construir analogías comprensibles"
(San Dionisio - "Sobre las Jerarquías Celestiales")
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(Recopilado por P. M. Alvarez, Archimandrita mitrado de Hispánica, en plena comunión con Rusa del Exterior, ROCOR – Patriarcado de Moscú)
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